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jueves, 28 de enero de 2010

Así, sin más







Estoy indiginada, cabreada, colérica y apenada; los animales no es que gusten o no, sino que hay que aprender a respetarlos, y punto. Sigue leyendo, te vas a llevar las manos a la cabeza.


Mi hermana se mudó a Madrid hace ya algo más de un año. No llevaba allí ni tres semanas cuando, su novio, le regaló el cachorro de un pastor alemán. Ese pequeño se ha convertido en el majestuoso Thor, que todo lo que tiene de grande, lo tiene de noble y cariñoso. Tan enorme ejemplar necesita hacer bastante ejercicio al día, pues si no gasta energía se porta algo regular con los muebles de la casa, así que tanto mi hermana como su pareja hacen turnos para llevarlo a un parque cercano. En dichos jardines Thor se encuentra con muchos perros más con los que tiene muy buena relación, en especial con Laika, un cruce de beagle preciosa. Yo he tenido la suerte de verlos divertise juntos y también de jugar con ellos las veces que he ido de visita.



Pero los perros no son los únicos que frecuentan este parque. Hay grupos, de personas que suelen hacer picnics con sus hijos por los jardines y que han tenido bastantes trifulcas con los dueños de los distintos perros, incluída mi hermana, porque los perros corretean cerca de ellos, sus pequeños y eso les molesta. Pongamos las cosas en claro, el parque es de TODOS, eso es lo que hay, y los animales también tienen el mismo derecho para estar allí. Es un lugar público, sin prohibiciones del ayuntamiento, del que cada uno hace el uso que le plazca, siempre respetando a los demás y cumpliendo las normas establecidas. Ahí está el problema número uno: los habituales de los mantelitos, cestitas y bocadillos de atún se han creído los dueños de esta parcela verde y se han tomado la justicia por su mano.

Uno de los dueños de esta mascotas, es un señor mayor que advirtió al resto de grupo de propietarios que los "picniceros" estaban echando matarratas por los jardines y que él los había visto y reprendido. No se le hizo mucho caso a este hombre, porque no se pensaba que en realidad estaban llegando tan lejos, pero más vale que alguien lo hubiera creído. Ahora Laika está entre la vida y la muerte, tan grave que el veterinario no ha dado ningún tipo de esperanza a su dueña. Algo habrá oliesqueado y luego, al comérselo, ha desencadenado la tragedia. No hay derecho. Esta animalita no tiene culpa de ese enfrentamiento absurdo en averiguar a quién le pertenecen los metros cuadrados del parque y ahora es ella la que se muere. Simpre pasa lo mismo, son los más inocentes y los que no se pueden defender los que pagan las consecuencias. Entre los dueños ha cundido el pánico y son muchos los que han dejado de pasear por allí con sus mascotas, dándoles la victoria momentánea a esa gente con tantas malas ideas y peores sentimientos. Mi madre, de toda la vida, me ha enseñado a no desear el mal al vecino, pues el mío podría venir de camino, aunque ahora sólo se me ocurre anhelar que OJALÁ esa persona se equivoque y se eche el veneno en el puchero que se tenga que comer para que tenga la peor digestión que se pueda imaginar. Buen provecho ¡hijo/a de puta!



miércoles, 20 de enero de 2010

¡Ésto es increíble!

Sobran las palabras para explicar lo mal que lo están pasando en Haití después del seísmo. Periódicos, telediarios y el mismo Internet son ventanas abiertas para que nos asomemos y podamos ver los horrores posteriores al terremoto. No tenían bastante los haitianos con ser pobres, que ahora están sumidos en la auténtica miseria, en el estado más paupérrimo que pueda existir: sin comida, sin agua, sin medicamentos, sin un techo.

* * * * * * *


No podía quedarme de brazos cruzados más tiempo, así que apunté un número de cuenta que aparecía en la pantalla de mi televisor y me fui a una Caja de Ahorros (de la que omitiré el nombre) cercana a casa. Esperé la correspondiente cola y cuando, por fin, me tocó estar en ventanilla ésta fue la conversación con la persona que allí trabaja:


YO: Buenos días, venía para ingresar dinero en esta cuenta.

TRABAJADOR DE BANCA (cogiendo el dinero de mis manos): A ver, ¿me deja usted el número de cuenta?

YO: Sí, claro.

TRABAJADOR DE BANCA: Va a tener que pagar usted una comisión.

YO (algo confundida): ¿Cómo? Pe... Pero si es una cuenta solidaria... Va a ir para Haití.

TRABAJADOR DE BANCA: Aunque sea una cuenta solidaria, pertenece a otra entidad, con la que no tenemos convenio. No deja de ser una transferencia y por tanto lleva comisión.

YO: Bueno, espere le doy también el dinero de la comisión.

TRABAJADOR DE BANCA: Es que no funciona así. Si me aporta más dinero a esta cantidad, la comisión será aún mayor.

YO: ¡Ésto es increíble! ¿A más cantidad, más comisión? Deme mi dinero, que soy capaz de llevarlo a Haití yo misma en persona.

TRABAJADOR DE BANCA: ¿Entonces no quiere hacer ya la transferencia?

YO: ¿Es que tengo cara de tonta? Claro que no haré la transferencia ni ningún tipo de ingreso, no, al menos, no aquí.

TRABAJADOR DE BANCA (mientras me devuelve el dinero y entre dientes): Vete con tu dinero a otra parte, pesada.

YO: ¿Cómo ha dicho?

TRABAJADOR DE BANCA (ahora la cara de tonto era suya): ???Yooooooo¿¿¿ Nada.

YO: Pues da la casualidad que me he enterado y claro que me voy con mi dinero dónde me sale del alma. Es lo último que tenía que escuchar hoy. ¿Sabe? Son todos ustedes iguales... Unos ladrones... ¡Qué digo ladrones, sois unos bansquerosos! [dirigiéndome a la gente que esperaba en la cola tras de mí] Más os vale no venir a ingresar nada para ayudar a los damnificados del terremoto!!!!!

SEÑORA MAYOR (que estaba en la cola): Hija, ¿y eso de bansqueroso qué es?

YO (antes de salir de la Caja de Ahorros): La suma de banco y asqueroso, señora.


* * * * * * *


Para que no os ocurra lo mismo que a mí, os voy a dejar una lista de ONGs y otras organizaciones a las que podréis enviar vuestra ayuda para Haití a través de ellos (el lugar dónde ingresar vuestras aportaciones no dejan de ser entidades bancarias, pero si vosotros tenéis vuestros ahorrillos en alguna de ellas no os cobrarán comisión).


* Cruz Roja * Llama al 902 222 292, entra en su página web www.cruzroja.es o aporta algo en las siguientes cuentas corrientes:

BBVA 0182 5906 86 0010022227.
Banco Español de Crédito 0030 1001 35 0004707271.
Banco Sabadell-Atlántico 0081 0627 34 0001114312.
Bankinter 0128 0010 97 0100121395.
Caja Madrid 2038 0603 29 6006640085.
C.E.C.A. 2000 0002 28 9100510908
Deutsche Bank y Bancorreos 0019 0631 22 4010202020.
La Caixa 2100 0600 85 0201960066.
Banco Popular 0075 0001
89 0600222267.
Banco Santander 0049 0001 53 2110022225.
Triodos Bank 1491 0001 21 0010003006.
Uno - e 0227 0001 85 0202438590.


* Médicos Sin Fronteras * Puedes hacer un donativo llamando al 902 30 30 65, en su página web http://www.msf.es/ y en las cuentas corrientes:

Banco Santander 0049 1806 95 2811869099.
La Caixa 2100 3063 99 2200110010.
BBVA 0182 6035 49 0000748708.

* Intermón Oxfam * Se puede hacer un donativo en el teléfono 902 330 331, a través de sus sedes o sus tiendas y en las siguientes cuentas corrientes:

La Caixa 2100 0765 81 0200111128.
Caixa Cataluña 2013 0500 16 0213198878.
Caja Madrid 2038 8978 17 6000016604.
CAN 2054 0300 56 9157938948.
Banco Santander 0049 1806 91 2111869471.
BBVA 0182 6035 49 0201502475.
Banco Sabadell Atlántico 0081 7011 11 0001698879.
Triodos Bank 1491 0001 21 001001020.

* Fundación Proyecto Solidario * ONG que está volcada en la infancia desde hace más de 20 años. ¿Qué planea? Construir dos albergues-escuelas-talleres para alojar cada uno a 100 niños y niñas menores de 12 años de los que han quedado huérfanos en Puerto Príncipe, en el barrio Cite Soleil y en la ciudad de Jacmel. Los niños haitianos podrán recibir alojamiento, alimentación, educación y atención médico-psicológica para ayudarlos a superar el trauma y reemprender sus vidas. Las cuentas para colaborar son:

La Caixa 2100 1745 53 0200040140.
CCM 2105-0125-19-1290014458.

* Save the Children * Defienden a los niños y promocionan los derechos de la infancia. Fue la primera ONG independiente dedicada a la infancia y trabaja en las áreas que afectan: educación, salud, nutrición, trabajo infantil, prevención abuso sexual, reunificación de familias tras catástrofes y guerras.

Banco Santander 0049 0001 52 2410019194.
La Caixa 2100 1727 12 0200032834.
BBVA 0182 5502 58 0010020207.
Caja Madrid 2038 1004 71 6800009930.

* ONG Entreculturas * En su página web http://www.entreculturas.org/, el teléfono 902 444 844 y a través de la cuentas:

Banco Santander 0049 0496 83 2010200200.
BBVA 0182 4000 62 0208002127.
Banco Popular 0075 0927 29 0600155000.
Banesto 0030 1306 76 0002591271.
Barclays Bank 0065 0100 18 0001541615.
La Caixa 2100 4770 11 0200104459.
Caja Madrid 2038 0603 28 6006374747.
Ibercaja 2085 9981 34 0330155450.
* Manos Unidas * Puede enviar tu ayuda a través de internet y de la cuenta:
Banco Santander (referencia 'Emergencia Haití') 0049 1892 63 2210525246.

* Bomberos Unidos Sin Fronteras (BUSF) * Puedes contactar con ellos en el teléfono 914 671 216, en su página web http://www.busf.org/ y en la cuenta de Banesto 20030 2424 82 0297758273.

* ONG Solidaridad Internacional * Su página web es http://www.solidaridad.org/ y las cuentas en las que puedes colaborar:

Banco Santander 0049 0001 54 2210042242.
Caja Madrid 2038 1001 37 6000888882.

* Cáritas Española * Tu ayuda llegará a través de su web http://www.caritas.es/, el teléfono 902 33 99 99 y las siguientes cuentas corrientes:

Banco Santander 0049 1892 64 2110527931.
BBVA 0182 2000 21 0201509050.
La Caixa 2100 2208 39 0200227099.
Banesto 0030 1001 38 0007698271;
Caja Madrid 2038 1028 15 6000969697.
Banco Popular 0075 0001 81 0606839307.
Banco Sabadell Atlántico 0081 0216 74 0001306932.
CECA 2000 0002 20 9100382307.
Bancaja 2077 1277 10 3100146740.
CAM 2090 5513 04 0040370409.

* Ayuda en acción * ONG para apadrinar, cuya página web es http://www.ayudaenaccion.org/ y que recibe donativos a través del teléfono 902 100 822 y de las siguientes cuentas corrientes:

Banco Sabadell Atlántico 0081 5136 70 0001194221.
La Caixa 2100 2262 13 0200206814.
BBVA 0182 4572 46 0208013826.
Caja Madrid 2038 1052 41 6000793039.
Banco Santander 0049 0001 50 2610020001.

* Nantik Lum* ONG con sede en Madrid apoya a las mujeres haitianas con microcréditos. La cuenta para ayudar a las víctimas es:

Banco Sabadell Atlántico 0081 0393 55 0001222525.

* Unicef España * Puedes hacer donaciones a traves del teléfono 902 255 505, su página web http://www.unicef.es/ y de estas cuentas bancarias:

BBVA 0182 5906 81 0010033337.
Banco Español de Crédito 0030 8301 78 0000046271.
Banco Popular Español 0075 0001 87 0606914075.
Banco Santander 0049 0001 59 2810100005.
Caja Madrid 2038 1043 19 6000877505.
La Caixa 2100 5731 70 0200005001.
ING 1465 0100 95 6000000000.

* BBVA * Esta entidad bancaria ha abierto una cuenta para recaudar fondos, en la que ha realizado una aportación directa de un millón de euros. La referencia es 'Afectados terremoto Haití' y el número 0182 2370 45 0201520255, será gestionado por Cruz Roja y se destinará a la reconstrucción de escuelas en el país caribeño.

* Farmamundi * ONG dedicada a trasladar medicinas y material sanitario a los lugares más pobres alrededor del mundo. Puedes hacer tu contribuición a través de su página web http://www.farmaceuticosmundi.org/farmamundi/index.html, del teléfono 902 01 17 17 y de las cuentas:

La Caixa 2100 4485 95 0200021721.
BBVA 0182 5941 44 0010030001.
Bancofar 0125 0016 35 2045100119.

* ONG Asamblea de Cooperación Por la Paz (ACPP) * La Caixa contribuye a través de la cuenta 2100 5731 79 0200012540. También en el teléfono 91 468 04 92. Más información en su web http://www.acpp.com.

* ONG Orden de Malta / Ayuda a Haití * A través de su página web http://www.orderofmalta.org/espanol y en la cuenta:
Caja Madrid 2038 1878 54 6000250455.

* PLAN Internacional * Esta ONG, cuya página web es http://plan-espana.org/, dispone de las siguientes cuentas corrientes:

Banco Santander 0049 0001 56 2010025526.
BBVA 0182 4018 14 0208515929.
La Caixa 2100 2927 90 0200054649.

* ONG Cesal * http://www.cesal.org/v_portal/apartados/pl_portada.asp?te=57
Banco Santander 0049 0001 56 2010058858. También en el teléfono 902 242 902.

* World Vision * Esta organización humanitaria de apadrinamientos http://worldvision.es/apadrina_ahora.php, canalizará la ayuda a través de las cuentas bancarias:

Banco de Santander 0049 5927 96 795042708.
CAN 2054 2000 80 9150663259.

* Misiones Salesianas / Ayuda Haití *

Banco Popular 0075 0001 85 0607077059.

* Fraternidad Misionera (Misioneros del Sagrado Corazón) *

BSCH 0049 1817 07 2410160251.

* Fundación Proclade * http://www.fundacionproclade.org/

Santander Central Hispano 0049 3283 56 2015006031.

* Acción contra el hambre * Organización neutral, humanitaria e independiente. Su página web http://www.accioncontraelhambre.org/ está disponible para canalizar donativos. Además, ha habilitado las siguientes cuentas corrientes:

Banco Santander 0049 0001 59 2810090000.
Caja Madrid 2038 1052 44 6000741510.
La Caixa 2100 2999 93 0200030018.
BBVA 0182 2000 28 0010001114.

* Asociación Infancia Sin Fronteras * http://www.infanciasinfronteras.org/

La Caixa 2100 2385 13 0200048802.
Santander Central Hispano 0049 0001 5224101010 10.

* Asociación Mensajeros de la Paz * A través de su página web http://www.mensajerosdelapaz.com/haiti09.php o las cuentas:

Banco Santander 0049 0001 5224101010 10.
Caja Madrid 2038 1753 44 60 00 06 50 69.

* Movimiento por la Paz * ONG que tiene varios números de cuenta para nuestros donativos:

La Caixa 2100 0997 65 0200270315.
Banco Santander 0049 0001 50 2610019984.
Caja Madrid 2038 1005 10 6000813962.
Banco Popular Español 0075 0446 48 0600195812.

* Aldeas infantiles SOS * http://www.aldeasinfantiles.es/Conocenos/actualidad/terremoto-Haiti/Pages/default.aspx Organismo que ha habilitado un número de cuenta:

Banco Santander 0049 0001 53 2110033332.

* Médicos del Mundo * Puedes realizar tu donación a través del teléfono 902 05 05 05 y las siguientes cuentas corrientes:

La Caixa: 2100 4466 99 0200020000.
Banco Santander 0049 0001 59 2810010006.
Caja Madrid 2038 0603 22 6800047052.
Banesto 0030 1026 08 0015859271.
BBVA 0182 0969 60 0200015552.
Triodos 1491 0001 23 0010002894.

martes, 8 de diciembre de 2009

El pasado sentado a mi mesa



Ahora que se acercan esas fechas en las que lo más, o los menos, dependiendo de lo familiares que seamos, nos reunímos y comemos con los padres, hermanos, abuelos, tíos y primos, he recordado un almuerzo, que no es que tuviera una fecha especial, pero sí que es de esos días que se clavan en tu memoria y ya es imposible olvidar.


No era la primera vez que tenía que volver a taladrar mi tímpano con noticias sobre él, pero algo de novedoso tenía el evento. Desde que lo nuestro se terminó, él y mi hermana habían seguido manteniendo el contacto; ella decía que era porque él y su novio seguían siendo buenos amigos, pero cuando ese novio también se convirtió en su ex, ¿cuál era ahora la excusa para seguir hablando con el mío? Superados, por mi parte, los sin sentidos de esta extraña amistad, me había acostumbrado a oír hablar de él a menudo, a tener que contestar algunas de sus llamadas en varias ocasiones y hasta aguantarle por casa muy de vez en cuando (no olvidaré aquella mañana de un seis de enero en la que apareció para que mi hermana y mi madre le dieran un regalito que tenían para él). Sin quererlo me ponían al tanto de sus aventuras y desventuras en todos los niveles; vamos, que llegué a saber más de él cuando dejó de ser mi pareja que cuando lo había sido. Que si ahora vive aquí, que si ha dejado tal trabajo para trabajar de esto otro, que si ahora sale con no sé quién, que si tiene el coche tal,… Información que no me interesaba, pero que siempre llegaba hasta mí.

Ahora, lo que nunca podría haber imaginado sería aquel almuerzo surrealista. En una de las visitas que mi hermana hacía al hogar familiar después de haberse independizado, le comentó a mi madre que antes de volver a su casa, le gustaría invitar a comer a su amigo. Mis oídos no podían creerse lo que estaban escuchando; él y yo sentados en la misma mesa!!! No me veía pidiéndole que me pasara el pan o que llenara mi vaso de agua. Increíble, eso es lo que me pareció. Mi padre no opinó y a mi madre, sólo se le ocurrió decir que si me parecía bien a mí, pues entonces que se diera por invitado. Eso no se hace, ninguno de los tres podía dejar que yo decidiera si venía o no a comer con nosotros. Para arreglarlo, mi hermana me comentó que él iba diciendo que no le importaba compartir mantel conmigo, que eran muchos los años que habían pasado y que estaba todo superado. ¿Cómo pretendían todos ellos que me desvinculase tan fácilmente de alguien que nunca ha llegado a desaparecer del todo de mi vida? Aquí es cuando el “señor” orgullo hizo su aparición en la historia. Si él iba presumiendo de madurez y saber estar, yo no iba a ser menos; _“que venga a casa, no me importa”_ y tanto que vino, le faltó tiempo. Él y su mejor sonrisa llegaron dispuestos a disfrutar de un gran festín. Fueron recibidos con palmaditas en la espalda y preguntas de falso interés de mi familia por lo que era de él y su vida en ese instante, todo por hacerle sentirse como en casa. En mí nadie se percató, no se dieron cuenta que me obligaron a saludarle, a poner buena cara, a ser educada cuando lo que tenía era ganas de gritar, ni siquiera vieron como no levanté la vista de mi plato para no tener que encontrarme con su mirada, ni les pareció extraño que me fuera de la mesa antes de que llegara el postre. Una comida sin pies ni cabeza es la que tuve aquel día, otro recuerdo más que hay que añadir a una historia con un pasado intermitente, y, que por lo visto, no tiene fin.



viernes, 11 de septiembre de 2009

El día que no conocí a Jeff Bridges



Me habían invitado a pasar unos días en San Sebastián. Nunca había estado allí, pero no era eso lo que más ilusión me hacía. Mi visita coincidiría con el Festival de Donostia y además el homenajeado en esa edición sería uno de mis actores favoritos, Jeff Bridges.

Recuerdo el viaje como uno de los peores de mi vida. Habiéndose inventado medios de transporte tan cómodos y rápidos como el avión, ¿qué hacía yo viajando desde Cádiz hasta allí en tren? No podía elegir. Era un regalo con todos los gastos pagados. Tuvimos que parar en Atocha (Madrid) para cambiar de tren. Si el Andalucía Express ya dejaba mucho que desear, el Talgo me desesperó. Parecía uno de esos que tuvo que coger el afamado Willy Fog para hacer su archiconocida vuelta al mundo en dos meses y medio. Había salido de casa muy temprano y llegué al norte casi a medianoche. Fue una jornada agotadora, tanto que yo no advertí a poder hacerle caso a los consejos que me dieron por el camino. Me quedaría esos días en casa de un familiar de mis acompañantes y ellos me sugirieron que ya que me quedaba en su casa, le diera la razón en todo momento, la tuviera o no, porque andaba algo sensible últimamente y que le contrariaran le podría poner algo nerviosa. Pensé que me tomaban el pelo; creí que estaban exagerando y que esa persona y su carácter no serían para tanto.

En los días siguientes, visité el lugar y los alrededores, paseando por la playa de la Concha, haciéndome fotos frente a las esculturas de Eduardo Chillida, pudiendo entrar en el restaurante del mismísimo Karlos Arguiñano en su pueblo natal, Zaraut y caminando por las pintorescas calles de Saint Jean-de-Luz en el país vasco francés. Una de las tardes, la tarde famosa, decidimos quedarnos de compras por la cuidad. De tienda en tienda todo parecía ir normal, pero uno de mis dos acompañantes y su hermana, nuestra anfitriona, se retiraron la palabra sin motivo aparente. Como iba a ser imposible conseguir algún pase para la ceremonia de la entrega del premio a Jeff, propuse, para crear “paz” en el ambiente, que intentásemos conseguir entradas para la proyección de la película del homenajeado, que por aquel entonces era la de The Door in the Floor [Tod Williams, 2004] (que no sé bien por qué en español hicieron la extraña traducción de Una mujer difícil para el título). Recorrimos taquillas y cines, no conté cuántos, pero fueron muchos y no hubo manera, todo estaba agotado.


Llegamos a la casa, tocaba cenar. Mi amiga, aún enfadada, no quiso salir de la habitación y su hermana nos preguntó al otro acompañante y a mí si sabíamos los motivos de su enfado. Al principio, yo intenté mantenerme al margen, aún sabiendo perfectamente la causa del disgusto, pero opté por callarme la boca y no meterme en medio de ambas hermanas y sus asuntos. Fui a la habitación a ver si mi amiga se encontraba bien. Me contó los detalles que yo me había perdido, razonó sus argumentos para estar tan enfadada y, mientras tanto, se me fue el santo al cielo con la charla. Cuando me quise dar cuenta, los demás ya habían empezado a cenar y no habían contado conmigo. Fui a lavarme las manos y pregunté si hacía falta algo de la cocina. Me senté a la mesa, en el mismo lugar dónde lo había estado haciendo desde mi llegada y en cada una de las comidas anteriores. Pedí la ensaladera para servirme un poco de ensalada en mi plato. El silencio cortaba el ambiente en la mesa. La anfitriona rompió el mutismo del personal. Se dirigió directamente a mí y me preguntó: _ ¿Está bien mi hermana? No tiene por qué enfadarse, está equivocada, ¿yo tengo la razón en este asunto, verdad?_ Podría haberme callado, podría haberle seguido la corriente, podría… Pero los que me conocen, saben que yo puedo ser muchas cosas, pero injusta nunca y no hubiera sido justo que le hubiera dado la razón a quién no la tenía. De repente, esta chica entró en cólera. Se puso como loca (literalmente). Me quitó el plato que tenía delante y lo estampó contra la pared. Yo alucinando, le pregunté que a qué venía el numerito del plato volante y ella, furiosa y con los ojos envenenados de rabia me gritó diciéndome que en su casa no se le podía llevar la contraria. No quise escucharla por más tiempo y como vi que el resto de comensales no estaba por la labor de prestarme su ayuda en ese sinsentido, me fui para el dormitorio que me habían asignado el día de llegada de mi visita y comencé a hacer mi maleta. La trastornada llegó gritando hasta el quicio de la puerta y me volvió a dirigir la palabra para preguntarme qué estaba haciendo. Era evidente, guardaba mis cosas para largarme de ese manicomio. Mi amiga, que se había quedado dormida, se despertó con los gritos de su enajenada hermana y vino a ver qué ocurría. Los otros le explicaron que yo “había cometido el error de no darle la razón a la anfitriona” y ella, que entró en la habitación me pidió que me tranquilizara y que hablara las cosas. Le dije que no tenía nada de qué hablar, que ya había visto bastante y que no tenía motivos para quedarme allí por más tiempo. Su hermana, que nos escuchaba desde la puerta mientras observaba que yo seguía haciendo mi maleta, cerró ésta de un golpe seco y echó un pestillo que había por fuera (sí, la cerradura de esa puerta estaba por el lado exterior, no sé). Intenté abrir la puerta desde dentro, pero fue imposible. Golpes, patadas, puñetazos y de fondo una desquiciada riéndose y diciendo que yo no saldría de allí hasta que a ella le diera la gana. Pensé por un momento que estaba de coña y mi amiga, que se había quedado encerrada en la habitación conmigo, me dijo que si la hermana no abría alguno de los otros dos lo haría. Pasaron veinte minutos y allí no vino nadie. Se me ocurrió llamar a la Ertzaintza para decirles: _ Hola, buenas noches. ¿Hablo con la policía? Vengan a este domicilio, por favor, que me han secuestrado_. Sonaba a absurda comedia americana para las tardes de domingo, ni la policía me iba a tomar en serio. Esperé, me desesperé y a eso de las seis y media de la mañana escuché como descorrían el pestillo desde el otro lado. Era el novio de la loca, me dio los buenos días y me pidió disculpas por la escena del día anterior. Le pedí que se apartara y me dejara sacar la maleta. Me rogó que no me fuera y me siguió hasta el ascensor. Mi amiga, que durante las horas que habíamos estado retenidas también había decidido marcharse, estaba detrás de él con su maleta y lo poco que le había dado tiempo de guardar en ella mientras su cuñado trataba de convencerme. La hermana se levantó y de nuevo se puso a gritar. La pesadilla no había terminado. Al ver que no le prestábamos atención, se fue corriendo para el interior de la casa, en dirección a la ventana y gritando que saltaría por allí. Todos fuimos corriendo tras ella y la vimos en el salón, justo delante de la claridad que entraba por los cristales. Que se tiraba, era lo único que decía ahora; volvía a amenazar y yo, cabreada con todo y con todos fui a la ventana, la abrí y le invité a tirarse de verdad. Los asistentes alucinaron con mi reacción. ¡Pero si yo era la persona más lógica y cuerda que estaba en esa habitación, por favor! No quisiera pecar de frívola, pero el suicida con verdaderas intenciones de acabar con todo no lo dice, no amenaza, no lo advierte; lo lleva a cabo y punto. Sabía perfectamente que no se iba a arrojar al vacío desde aquel quinto piso. No podía pasar más tiempo en esa casa de locos. Me fui. Llegué a la calle, respiré hondo y mientras me alejaba del portal escuché la voz de la loca que le pedía a su hermana que volviera. No quise mirar atrás, sólo tenía ganas de llegar a la estación, comprar el billete del primer tren que me llevara de vuelta a casa, y es que, ¡cuánta razón tenía Dorothy!... En casa se está como en ningún sitio.






miércoles, 15 de abril de 2009

El rescate

Recuerdo que aún no había llegado el verano, pero aquella mañana de sábado decidí sentarme en la terraza del bar “La Marea” a tapear con unos amigos que habían venido a visitarme. Era de las primeras veces que Juan pisaba Cádiz y como él es de tierras de secano, pues me pidió que fuésemos a un lugar cercano a la playa. Como la llamada previa al encuentro me pilló por la parte moderna de la cuidad decidí que llevaría a mis amigos a la playa de Santa Mª del Mar; con algo menos encanto que mi queridísima playa La Caleta, pero con unas vistas maravillosas de la Catedral y el Castillo de San Sebastián.

Juan y su novio, Jose, me charlaban sin cesar; confieso que no recuerdo exactamente de qué, porque ambos querían acaparar mi atención y yo no conseguía centrarme en ninguno en concreto. Con las bebidas ya en la mesa, encargamos lo que íbamos a comer. El sol hacía de la suyas en mi pelo, casi podía oler a quemado. Me entró un calor sofocante y Juan ofreció cambiarme su asiento. Acepté sin pensármelo, lo que quería era quitarme esa sensación de hormigueo en la espalda. Ahora era yo la que podía ver la playa. La zona es muy frecuentada por surfistas debido a la altura que las olas alcanzan en esta orilla, pero aquel día no había ninguno con su respectiva tabla, ya que el mar estaba en calma; lo que sí había era algún que otro bañista que se había atrevido a darse el primer chapuzón de la temporada. Bla, bla, bla y más blas de Jose y Juan _ ¿Qué tal te va? ¿Qué tienes pensado hacer este verano? ¿Por qué no te animas y te vienes a Cuenca con nosotros? _ y de repente, ese estado casi hipnótico desapareció. Parecía que alguien se había puesto ante a mí a chasquear sus dedos hasta que volviera a la realidad. El ruido de las dos ambulancias me sacó de mi catarsis.
Juan miró nuestras caras y al girarse pudo ver la cantidad de personas que se había aglomerado en la balaustrada y que casi no nos dejaban ver la playa.

Le dijimos al camarero que algo grave estaba pasando y que no levantaríamos un momento para averiguar de qué se trataba. Yo fui la primera en llegar dónde el gentío y lo que vi fue al equipo de salvamento de Cruz Roja sacando a dos personas del agua. Luego, también pude ver como los rescatados recibían los primeros auxilios. No me explicaba cómo alguien podría haber estado en peligro con un mar que apenas presentaba olas. Pero todo puede pasar, hasta lo impredecible, cuando menos se espera. Más de media hora estuvieron reanimando a ambos y al final uno de ellos subió cadáver a la camilla.

Al día siguiente me enteré de los detalles por la prensa. Los desafortunados nadadores resultaron ser madre e hijo. La mujer, de avanzada edad, se había metido en el agua para remojarse los pies y al final se mojó el cuerpo entero. Sus nietos, desde la orilla, le habían advertido de lo traicionero del oleaje en esta zona y que no debía fiarse de la supuesta calma del vaivén marino. En algún momento, la señora perdió pie y su hijo, el otro implicado, adelantándose a los profesionales, se metió a rescatarla. Tuvo que existir un forcejeo entre ambos debido al pánico y la tensión que te puede provocar una situación como esa y al final fueron ambos los que precisaron de ayuda porque los dos quedaron inconscientes dentro del agua. Médicos y auxiliares no tardaron en llegar al lugar de los hechos, pero ya nada se pudo hacer, por más que se intentó, por el hombre. Sufrió un infarto por la impresión y pereció en su intento de ayuda. Al final, en lugar de darle una moneda a Caronte, pagó su viaje con un puñado de arena dorada de la playa de Santa María y por mi parte, pasaron muchos años para que pudiera volver a bañarme en esas aguas.



viernes, 10 de abril de 2009

¿Cómo me dijiste que se llamaba tu amigo?


A lo largo del camino, he conocido muchos personajes peculiariares. Cuerdos, locos, alegres, abatidos, soñadores y trovadores, pero nadie será tan impactante como este señor. Era el conocido de una amiga, y admito que ya me había topado con gente parecida a él, pero su existencia me llamó especialmente la atención:


_ Oye, ¿y éste quién es? (le dije señalando a su amigo)

_ ¡Ah! Es que aún no me he lavado la cara.

_ Bueno, pero no es algo que se vaya con el agua... Pues como dejes que te siga creciendo, vas a tener que bautizarlo.

_ ¡Qué graciosa tú!

_ Es que me da hasta miedo tu amigo. Vamos que si se pone en vertical hasta es más alto que yo!!!

_ Déjalo ya, está aquí desde hace sólo unos días.

_ Eso no es de hace unos días, guapa, tiene por lo menos semanas enteras. ¡Tú lo has criado! Has conseguido que madure, saque cuerpo y se haga fuerte y robusto. Dí la verdad, ¡le has cogido cariño!

_ Es que no he tenido tiempo de depilarme, hija.

_ Ya, pero es que ese no te salió ayer.

_ Bueno, a ver si luego...

_ Eso, a ver si luego buscas las tijeras podadoras... No si te va dar hasta lástima deshecerte de él. Una cosa te advierto, para quitarte ese cactus te vas a tener que poner hasta anestesia. Pero bueno, seguro que cuando te libres de ese pelo hasta te vas a sentir más ligera...

_ No tengas más guasa!!!


Se lo dedico a mi hermana, que no es la del pelo, sino la que me ha contado la anécdota... Y sobre la portadora del ente peludo guardamos su anonimato, o bueno mejor no, era nuestra tía.


PD: al final, nos hacía ilusión hasta ser uno más en la familia.


Mirad que carita más felina. A mi me resulta muy familiar. Dicen que tres son multitud y esta pobre tiene ahí a toda una colonia multitudinaria. ¡Qué viva la "hija" de Cantiflas!... Tata, no te enfades con nosotras.




lunes, 9 de marzo de 2009

Tanticbum

Tan, tan, tan… Ese repicar una y otra vez. Retumban y me perturban. Esas campanas tendrían que quedarse mudas, no sonar nunca más.

Tic, tic, tic… Me acerco el reloj a la oreja y sus independientes manecillas danzarinas, cada una con un paso distinto de baile, me envuelven con una sintonía hipnotizadora, pero también me marcan el paso del tiempo.

Bum, bum, bum… ¿Y eso que suena ahora?

Tan, tan, tan… Vivir tan cerca de un campanario me hace recordar con frecuencia sacramentos en los que no creo y en los que, en cambio, mucha gente deposita su fe. Sacramentos con los que vacían sus carteras encantados porque consiguen un falso deleite que logra llenarles de gozo y satisfacciones.

Tic, tic, tic… Miro la hora, al rato repito. Sólo han pasado veinte minutos desde la última vez. Tengo la sensación de que el tiempo pasa muy lentamente, pues no parece que mañana vaya a llegar nunca.

Bum, bum, bum… Continúa sonando y no sé lo que es.

Tan, tan, tan… La vida sigue pasando, mientras la mía está estática. Sin hechos relevantes, sin eventos importantes. Cada día lo mismo, sigo sobreviviendo sin dejar marca ni huella por dónde piso. Hasta el silencio hace más ruido que yo.

Tic, tic, tic… Segundo a segundo, minuto a minuto, hora tras hora; así pasan los meses del calendario y no puedo hacer nada por evitarlo, sería batalla perdida antes de poder empezarla.

Bum, bum, bum… El sonido es cada vez más inquietante.

Tan, tan, tan… Ni el trabajo, ni el resto de distracciones me salvan de este hastío que me envuelve. Necesito un cambio. Vivir quizás en otra dimensión, en otro planeta o en otro tiempo. Este no es mi lugar, no soy pieza que encaje en ningún puzzle.

Tic, tic, tic… Si pienso en todas esas ocasiones en las que he perdido mi tiempo. Gente a la que no merecía la pena conocer, lugares en los que no tendría que haber estado, incluso noticias que no tendría que haber escuchado.

Bum, bum, bum… Tengo que averiguar de dónde sale ese sonido.

Tan, tan, tan… La banda sonora de mi vida en los últimos años. Melodía repetible de una sola nota que ya no tiene magia. Nunca me embelezó, pero al menos era soportable. Ahora ya no puedo ni quiero aguantarla más. No me agradan esos repiques. Serán ellas o yo, pero alguno de nosotros tendrá que enmudecerse.

Tic, tic, tic… Momentos que se me extravían o que ya no tengo en cuenta porque no merecen la pena. El cansancio se apoderó de mi voluntad hace mucho y ya no contemplo las fugaces imágenes de aquellos maravillosos años. En saco roto cayeron y en el olvido encontraron su morada. No serán inmortalizados porque yo no quise tenerlos presentes.

Bum, bum, bum… Es hora de rebuscar el génesis de ese susurro inquietante.

Tan, tan, tan… Campanas, campanas y más campanas que siempre escucho de fondo.

Tic, tic, tic… Junto a mí, de cerca escucho un reloj. Delator de lo inevitable. Yo no quiero, pero escucho; él si quiere y me lo cuenta.

Bum, bum, bum… Pero este retumbo si que no cesa. Tan, tan, tan o tic, tic, tic se silencian cuando lo que más fuerte suena es ese bum, bum, bum del que he conseguido advertir el origen… Son los latidos de un corazón, que late con demasiada fuerza, late de desilusión.







lunes, 16 de febrero de 2009

Muñeca rota


Erase una vez una niña que nació con problemas mentales, los mismos que no le permitieron ser una persona normal nunca, esos que la convertían en rara o centro de burla de opiniones ajenas a su mundo.

En el barrio la llamaban "Marujita, la Loca" y recuerdo que a mi hermana y a mí no nos importaba compartir juegos con ella, pero el resto de los niños se apartaban o desaparecían de la plaza. Un día que estrenaba yo bicicleta (aquella orbea amarilla), Maru me pidió que le dejara dar una vuelta. Sin objeciones me bajé y dejé que se montara, pero la pobre no sabía montar en bici y se cayó al suelo. Al principio no supe bien que estaba pasando, porque es de naturaleza humana reírse si alguien sufre una caída, parece que no lo podamos evitar. Sin embargo, tras la caída de Maru, vinieron los comentarios jocosos: "¡La Loca no lleva bragas!" Me apresuré a levantarla con la ayuda de mi hermana. Ambas la consolamos y la acompañamos a casa, tratándole de explicar, a alguien que no atendía a razones, que la ropa interior se debía llevar puesta antes de salir a la calle. Un par de días después, o al día siguiente, no lo recuerdo muy bien, presencié una imagen que no olvidaré nunca, y que si se cuenta parece de película, pero ocurrió. Maru había prestado atención a sus amigas mientras la aconsejaban y había salido a la calle, esta vez con las bragas puestas, pero no en el lugar apropiado sino en la cabeza... De nuevo, el cachondeo y las risas de los niños del barrio. Otra vez nos tocó llevarla a casa mientras por el camino le secábamos las lágrimas.

Crecimos un poco, hasta esa etapa que llamamos adolescencia, y mi hermana y yo ya éramos estudiantes de instituto que bajaban menos a la plaza porque había que estudiar más. Una tarde de un fin de semana cualquiera nos compramos dos paquetes de pipas y nos sentamos en uno de aquellos bancos que nos habían servido de buque de guerra cuando de más pequeñas jugábamos a ser piratas. Maru nos vio y se sentó con las únicas dos personas que eran amables con ella. Le ofrecimos pipas y ella aceptó encantada. Por hablar de algo, sacó el tema de los chicos y luego nos confesó que estaba enamorada. El afortunado fue uno al que conocíamos por su apellido. Pero él no fue el único. A este primer amor no correspondido, le siguieron otros que sí se aprovecharon de ella y se beneficiaron de sus favores sexuales cada vez que les venía en gana, porque Maru nunca decía que no. A estos encuentros erótico-festivos le sucedieron desapariciones voluntarias de Maru, que se iba de casa y lo mismo estaba fuera días o semanas. Sus padres, desconsolados la buscaban por todas partes y siempre la encontraban en manos de algún desaprensivo que se aprovechaba de la sexualidad gratis que Maru repartía gustosa. Para evitar una desgracia, sus padres le dieron permiso a un médico para que la esterilizara; ella siempre creyó que la tenían que operar de piedras en el riñón. Y así, en sus siguientes desapariciones, ellos estuvieron algo más tranquilos.

La familia se mudó y poco más se supo, a menos que Juan, el padre, viniera al barrio de visita y contara que tal le iba a él y a los suyos. No hace mucho, un tío mío se encontró con Juan y le preguntó cómo iba todo. Juan le contestó que estaban destrozados, porque tres meses después de una de las desapariciones de Maru la familia ya no sabía dónde buscarla; nunca había tardado tanto en regresar y se temieron lo peor. Un día Juan se tropezó con un amigo al que también le comentó lo preocupado que estaban él y su familia. Entonces, aquel amigo de Juan, que casualmente trabaja en el depósito de cadáveres, le dijo que hacía poco habían enterrado en una fosa común a una muchacha a la que no le aparecieron familiares y que había sido arrollada por un tren a la altura de la antigua estación de un pueblo cercano; le animó a que fuera y preguntara por los objetos personales, podría sonarle alguno. Juan se lo comentó a su mujer, Maruja, y ambos fueron al cementerio. En una cajita, un reloj que ya no funcionaba, un colgante con el medallón de alguna virgen roto y una foto de familia: la de Maru con sus padres y sus hermanos.

Puede parecer un trágico cuento, aunque ocurrió de verdad y puede que Maru, en algún momento de su vida recobrara algo de cordura y le avergonzara el tipo de vida que había llevado o simplemente se tratara de un accidente. Nadie sabrá nunca que hacía ella en aquellas vías. La niña que ocultaba ese ojito bailarín tras sus gafas y su melena, siempre despeinada, no nos dejó indiferentes ni a la hora de su muerte. Descasa en paz muñequita rota, te lo mereces.